Conociendo la presencia de Dios
Gracias a la revelación divina de Dios, conocemos mucho sobre Él. La Biblia revela a Dios como el Creador y el Señor que establece un pacto con los hijos de Israel.
Vemos el poder, la misericordia, el amor, el perdón y la presencia de Dios con su pueblo elegido.
En el Nuevo Testamento, vemos a Jesucristo como el centro de la historia humana y de las Escrituras, el Hijo de Dios que vino en cuerpo para salvar y redimir a la humanidad.
Sus enseñanzas, sanaciones, milagros y, finalmente, su Muerte y Resurrección revelan el glorioso corazón del Señor.
Contemplando el misterio
El Catecismo de la Iglesia Católica revela las enseñanzas magisteriales de nuestra Tradición.
Pero lo que contribuye a nuestro entendimiento de Dios son los documentos escritos y las experiencias de los santos.
También la predicación que hemos escuchado más los libros espirituales que hemos leído nos ayudan a comprender más al Señor.
Contemplar el orden y la belleza de la creación y meditar en nuestra propia experiencia del Señor revela mucho sobre sus caminos y maravillas.
A la luz de todo lo que sabemos sobre Dios, también debemos afirmar con firmeza que Él sigue siendo un misterio muy profundo.
Conocemos los fundamentos de nuestra fe y ciertamente lo que el Señor necesita que sepamos para encontrar la salvación, pero nunca podremos comprender la magnitud de Su poder ni la profundidad de Su amor ni la maravilla de Su presencia.
No podemos comprender el hecho de que Dios siempre fue y siempre será.
No sabemos cómo serán el Purgatorio ni el Cielo.
No podemos explicar cómo, al mismo tiempo, Dios conoce nuestro futuro y, sin embargo, conservamos nuestra libertad humana para tomar decisiones.
¿Cómo puede Dios amar a cada persona como si fuéramos los únicos? La gloria, la santidad y el poder del Señor nos estremecen.
Por lo que podemos afirmar que Dios es a la vez cognoscible e incognoscible, que está más allá de nosotros y, sin embargo, dentro y alrededor de nosotros, más cerca que nuestros propios pensamientos y que habita más allá de las estrellas.
Dios está tan cerca de nosotros que nunca podemos evitarlo, pero a la vez está tan lejos de nosotros que nunca podemos poseerlo plenamente.
Esta paradoja a menudo puede frustrarnos o desconcertarnos mientras buscamos conocer al Señor y Su voluntad para nosotros.
Dios parece oculto, inescrutable y silencioso la mayor parte del tiempo. Esta naturaleza misteriosa de lo divino puede tentarnos a abandonar la búsqueda espiritual.
Caminando hacia Dios
Los místicos nos señalan el camino a seguir a medida que avanzamos hacia Dios.
Los santos como Juan de la Cruz y Teresa de Ávila experimentaron una noche oscura del alma, en la que Dios purificaba su conocimiento, esto fue una experiencia de Su presencia y Su luz.
Gradualmente, ellos descubrieron que sus métodos de oración, su conocimiento sobre Dios y el sentido de Su presencia no eran suficientes ni satisfactorios.
El Señor parecía haber retirado Su luz de su vista.
En esta oscuridad purificadora, estos santos comprendieron que Dios los estaba guiando hacia una relación mucho más profunda con Él, rompiendo las definiciones insignificantes que los humanos solemos imponerle.
Si rechazamos la tentación humana de crear a Dios a nuestra imagen y emprendemos con seriedad el camino de la oración y la santidad, el Señor nos conducirá a una profundidad de gracia que está más allá de nuestra vista, de nuestros sentidos y de nuestro entendimiento.
Quizás nunca lleguemos a ser grandes místicos como los santos grandiosos de nuestra tradición católica, pero todos necesitamos comprender que Dios es infinitamente más grande que nuestra percepción de Él y que Él habita en el misterio y que a menudo se oculta.
Si la sabiduría socrática consiste en saber que “no sabemos”, la sabiduría cristiana consiste en reconocer que la luz de Dios es tan brillante que muchas veces nuestros sentidos no la pueden reconocer y que su presencia es tan profunda que a menudo puede interpretarse como una ausencia.
Mantener unidos nuestro conocimiento de Dios y nuestro desconocimiento de Él es un equilibrio espiritual y una tarea esencial si realmente buscamos ser santos.
A todos nos encanta presenciar y experimentar una Misa hermosa, con música inspiradora, una homilía inspiradora y una comunidad de oración, pero también me gusta rezar a solas en la oscuridad ante el Santísimo Sacramento.
Es por eso, que debemos orar frecuentemente sobre la Palabra de Dios y estudiar nuestra fe para comprenderla, pero también necesitamos sumergirnos en el silencio y el misterio de Dios, que está más allá de las palabras y el pensamiento.
El Señor está presente en la luz y en la sombra, en el silencio y en la palabra, en las acciones poderosas y en la brisa suave, en la alegría y en la tristeza.
Aunque Dios sea imposible de describir, yo amo el misterio del Señor, porque esta ignorancia que tengo de Él me mantiene buscando, esperando, aguardando y luchando por el amanecer de la vida eterna.
Como dice San Pablo: “Así también en el momento presente vemos las cosas como en un espejo, confusamente, pero entonces las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como soy conocido” (1 Corintios 13:12).
