| Por Obispo Donald J. Hying de Madison

Escoge el amor en vez del odio y el mal

Nuestra nación continúa entristecida por los recientes tiroteos mortales, en una escuela católica durante la Misa en Minnesota hace un mes atrás y el asesinato de Charlie Kirk hace dos semanas.

Oramos por las víctimas y sus familias, así como por los perpetradores y sus familias.

Esta violencia tan terrible nos afecta, nos desgarra el corazón, y destruye a nuestra sociedad.

Vivimos en tiempos de odio, conflicto y división, que se han vuelto espiritual y físicamente mortales.

Estamos llamados a amar sin límites

Un aspecto profundamente perturbador del asesinato de Charlie Kirk es ver el gozo macabro que muchas personas experimentan ante su muerte trágica y violenta.

Videos publicados en las redes sociales muestran a personas cantando y bailando de alegría porque este esposo y padre de dos hijos fue brutalmente asesinado.

Algunos desean el mal para su familia y para cualquiera que comparta las ideas de Kirk.

Algunos piensan que recibió su merecido por sus opiniones.

Si estos pensamientos maliciosos solo existieran en tan solo algunos pocos individuos perturbados, quizás serían menos preocupante, pero no es así.

Miles de personas han publicado estos sentimientos malignos en las redes sociales y han obtenido miles de “Likes”.

Este regocijo por la muerte debería perturbarnos a todos, tanto a los cristianos como a los estadounidenses.

Cristo nos enseña a amar sin límites, a perdonar a nuestros enemigos y a orar por quienes nos persiguen.

El ideal estadounidense siempre se ha basado en el principio fundamental de que las personas bien intencionadas pueden pensar diferente, debatir ideas los unos con los otros y siempre encontrar puntos en común.

Esta convicción siempre ha mantenido unido a nuestro país.

Lamentablemente, los acontecimientos recientes muestran hasta qué punto esa creencia se ha distorsionado en la regularidad del odio y la división.

Construyendo una cultura de la vida

En su encíclica de 1995, Evangelium Vitae (“El Evangelio de la Vida”), San Juan Pablo II hizo un llamado a todos, a los creyentes y a las personas de buena voluntad, a construir una cultura de la vida, en la que cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural, encuentre acogida, cuidado, dignidad y derechos en una sociedad basada en la ley moral y la búsqueda del bien común.

El Papa contrastó esta cultura de la vida con la cultura de la muerte. Vio las raíces más profundas de este conflicto fundamental en “el eclipse del sentido de Dios . . .  perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida.” (21).

Estas palabras vinieron de un hombre que vivió y sufrió bajo la brutal tiranía de los nazis y los comunistas, dos ideologías malignas que buscaban destruir la dignidad humana, asesinaron a millones de personas y querían erradicar cualquier vestigio de una creencia religiosa auténtica.

San Juan Pablo II sabía de lo que hablaba.

Ahora es el momento de defender la verdad ante la mentira, el amor ante el odio, el perdón ante la venganza y la fe ante el nihilismo.

Solo el amor de Jesucristo, derramado en Su Sangre en la cruz, puede sanar nuestra nación y nuestros corazones.

En Su muerte, Jesús se convirtió en el sacrificio para que ya no tengamos que culpar a nadie.

Jesús perdonó a sus asesinos para que podamos perdonar a nuestros enemigos.

Jesús murió para que podamos vivir.

Solo un sentido renovado de Dios, Su amor y Su propósito puede ayudarnos a recuperar nuestra dignidad humana común, como personas creadas a imagen de Dios.

Solo cuando nuestra cultura reconozca y alimente la profunda sacralidad de toda vida, incluyendo a los no nacidos y a los ancianos, a las personas sin hogar y a los enfermos mentales, a los pobres y a los extranjeros, podremos recuperar los ideales brillantes que fundaron a nuestro país como un gran experimento de libertad y verdad.

Solo la Divina Misericordia que fluye de la Cruz puede apagar el odio y la maldad que actualmente nos afligen.

Oremos por nuestro país y por todos aquellos que mueren por violencia cada día. La paz solo llegará con la conversión del corazón.