Un vistazo al Misterio Pascual de Cristo
En su Carta a los Filipenses, San Pablo cita el Himno Kenótico, un texto litúrgico temprano que transmite en poder y belleza el vacío y humildad de Cristo, tanto en Su Encarnación como en la Cruz.
“El que compartía la naturaleza divina, igual a Dios por propio derecho, sin embargo se redujo a nada, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose a la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”
(Filipenses 2:6-8).
Las liturgias de la Semana Santa proclaman conmovedoramente la humildad radical de Cristo.
El Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, montado en un humilde burro.
El Jueves Santo, el Señor lava los pies de sus discípulos, haciendo la labor dura de un esclavo, y luego instituye la Santísima Eucaristía como el sacramento duradero de Su presencia dentro y entre
nosotros, ofreciendo Su Cuerpo y Su Sangre en la Última Cena, lo que luego hará con Su carne humana al día siguiente en la Cruz. ¿Qué don es más tierno, humilde y vulnerable que la Eucaristía?
Luego entramos al Viernes Santo, sabiendo que seguimos a un Maestro que perdió su popularidad, su ropa y su vida de la forma más dolorosa y horrible: la muerte por crucifixión.
En todos estos eventos sorprendentes y de salvación, Jesús no podría haber descendido más, ni bajar más, ni ser más humilde.
Él tuvo que asumir el peso incalculable y colectivo de nuestro pecado y muerte, envolverse en ello y
elevarlo al Padre en un completo holocausto de sí mismo.
La sangrienta magnitud del sacrificio del Señor y Su gloriosa salvación que el ganó por nosotros y para nosotros es el regalo extraordinario que celebramos cada Semana Santa.
El poder del crucifijo
Es por eso que el contemplar un crucifijo nos convence de dos verdades fundamentales: la gravedad de nuestro pecado y el valor de nuestro alma.
Si la muerte sangrienta de Jesús fue el precio, la solución y la respuesta a nuestra condición perdida de pecado y muerte, ¡entonces cuánto debe afligir nuestro pecado al corazón del Señor! Dios sana nuestra oscuridad llevándola sobre Sí.
Pero en segundo lugar, ¡qué valiosas son nuestras almas para Dios porque Él pensó que el precio valía la pena! ¡Qué grave es mi pecado! ¡Qué preciosa es mi alma!
La Cruz nos enseña todo lo que necesitamos saber: el amor de Dios por nosotros, el peso de nuestro pecado, el drama de la salvación, la humildad de Cristo y el gran flujo de misericordia que fluye de Su lado herido.
Durante estos días santos de la Pascua de Cristo, sostén un crucifijo en tus manos. Siente la corona de espinas. Toca el lado herido. Besa los pies crucificados. He aquí al Hijo de Dios, en toda humildad y vulnerabilidad, muriendo para que puedas vivir para siempre, liberado y perdonado. Ver Su cabeza inclinada para besarte, Sus brazos extendidos para abrazarte, Sus pies heridos y ensangrentados para curarte. ¡He aquí la totalidad del amor de Dios hacia ti!
Una oportunidad para reflexionar
Cuando nos acercamos a la humildad de Cristo y contemplamos la maravilla de Su Pasión y Muerte, ¿cómo podemos mantenernos o aferrarnos a nuestro orgullo, a nuestra autoimportancia o a nuestra arrogancia?
¿Cómo podemos negarnos alguna vez a servir y amar a nuestro prójimo, especialmente a quienes están más rotos, solos y sufriendo?
¿Cómo podemos negar el perdón cuando vemos lo tiernamente que el Señor perdona a quienes lo
torturaron, se burlaron de él y lo mataron?
La humildad del Señor nos deja sin aliento cuando reflexionamos sobre lo que tal sacrificio ha supuesto para toda la humanidad. No es de extrañar que los reyes de la tierra se queden sin palabras ante el Siervo
Sufriente (Isaías 52:15).
Mientras sostienes el crucifijo en tus manos y piensas en la Pasión de Cristo, ¿cómo se rompe tu corazón?
¿Qué compromisos quieres hacerte? ¿Puedes animarte a tener deseos de santidad de ser más humilde, sacrificial y amable?
¿A quién aún tenemos que perdonar y a quién debemos “lavarle los pies”?
En la muerte y resucitación del Señor, nos hemos convertido en una nueva creación, y por eso nos
alegramos esta semana en el hermoso regalo de la salvación que nos ofrece un hombre ensangrentado y quebrado, colgado de una cruz cuya Resurrección gloriosa nos ha ganado ya el Cielo.
¡Les deseo a todos que tengan una Semana Santa bendecida y una hermosa Pascua de alegría!
Deck: En su Carta a los Filipenses, San Pablo cita el Himno Kenótico, un texto litúrgico temprano que transmite en poder y belleza el vacío y humildad de Cristo, tanto en Su Encarnación como en la Cruz.
